Meditación de Bahá’u’lláh

¡Puro y santificado eres, oh mi Dios! Cómo ha de correr la pluma y fluir la tinta después de que han cesado las brisas del tierno afecto y han desaparecido las señales de la munificencia, cuando se ha levantado el sol de la humillación y se han desenvainado las espadas de la calamidad, cuando se han elevado los cielos del dolor, y las nubes del poder han descargado los dardos de la aflicción y las lanzas de la venganza, de tal manera que las señales de la alegría han abandonado todos los corazones, las muestras de regocijo se han borrado de todos los horizontes, se han cerrado las puertas de la esperanza, la misericordia de la brisa celestial ha dejado de soplar sobre el rosedal de la fidelidad, y el torbellino de la extinción ha sacudido el árbol de la existencia. La pluma gime, la tinta deplora su condición y la tabla está sobrecogida ante este clamor. La mente está agitada por el sabor de esta pena y este dolor, y el divino Ruiseñor clama: «¡Ay! ¡Ay por todo lo que se ha hecho que aparezca!». Y esto, oh mi Dios, no proviene sino de Tus dádivas ocultas.

Bahá’u’lláh

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