¡Glorificado eres, oh Señor mi Dios! Te imploro, por Aquel que es Tu Más Grande Nombre, Quien ha sido penosamente afligido por aquellas de Tus criaturas que han repudiado Tu verdad, y Quien ha estado rodeado de tales infortunios que ninguna lengua puede describir, que me permitas recordarte y celebrar Tu alabanza en estos días en que todos se han apartado de Tu belleza, han disputado contigo y se han alejado desdeñosamente de Aquel que es el Revelador de Tu Causa. No hay nadie, oh mi Señor, que Te ayude salvo Tu propio Ser, ni poder alguno que Te socorra excepto Tu propio poder.

Te suplico que me permitas asirme fuertemente a Tu amor y a Tu recuerdo. Ciertamente, esto está en mi poder, y Tú eres Quien conoce todo lo que hay en mí. En verdad, Tú eres conocedor y estás informado de todo. No me prives, oh mi Señor, de los resplandores de la luz de Tu semblante, cuyo brillo ha iluminado el mundo entero. No hay Dios sino Tú, el Omnipotente, el Todoglorioso, Quien siempre perdona.

Bahá’u’lláh

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