¡Oh Dios, mi Dios! Alabado seas por haber encendido el fuego del amor divino en el Ár-bol Santo que se encuentra en la cima del monte más elevado; ese Árbol que «no es del Oriente ni del Occidente», ese fuego que ardió hasta que su llama se remontó hacia el Concurso de lo alto, y de él esas realidades captaron la luz de la guía y exclamaron: «Verdaderamente, hemos percibido un fuego en la ladera del Monte Sinaí».

¡Oh Dios, mi Dios! Aviva este fuego día tras día, hasta que su estruendo ponga en movimiento a toda la tierra. ¡Oh mi Señor! Enciende la llama de Tu amor en todos los corazones, infunde en las almas el espíritu de Tu conocimiento, alegra los pechos con los versículos de Tu unicidad. Llama a la vida a los que habitan en sus tumbas, amonesta a los orgullosos, haz feliz al mundo entero, haz descender Tus aguas cristalinas y, en la asamblea de esplendores manifiestos, haz pasar esa copa que ha sido «templada en la fuente del alcanfor».

Verdaderamente, Tú eres el Donador, el Perdonador, el Eterno Conferidor. Verdaderamente, Tú eres el Misericordioso, el Compasivo.

‘Abdu’l-Bahá

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