Te alabo, oh mi Dios, por haberme despertado de mi sueño, por haberme expuesto a la luz después de mi desaparición y por haberme sacado de mi letargo. He despertado esta mañana con el rostro vuelto hacia los resplandores del Sol de Tu Revelación, por Cuyo medio se han iluminado los cielos de Tu poder y Tu majestad, reconociendo Tus signos, creyendo en Tu Libro y aferrándome a Tu Cuerda.

Te imploro, por la potencia de Tu voluntad y el poder irresistible de Tu propósito, que hagas de lo que Tú me revelaste en mi sueño la base más segura para las mansiones de Tu amor, que están en el corazón de Tus amados, y el mejor instrumento para la revelación de los signos de Tu gracia y Tu bondad.

Ordena para mí, oh mi Señor, por medio de Tu muy exaltada Pluma, el bien de este mundo y del venidero. Atestiguo que en Tu puño sostienes las riendas de todas las cosas. Tú las cambias como Te place. No hay Dios sino Tú, el Fuerte, el Fiel.

Tú eres Quien transforma, por medio de su mandato, la humillación en gloria, la debilidad en fortaleza, la impotencia en poder, el temor en calma, la duda en certeza. No hay Dios sino Tú, el Poderoso, el Benéfico.

Tú no decepcionas a nadie que Te haya buscado, ni apartas a quien Te haya deseado. Ordena para mí lo que sea propio del cielo de Tu generosidad y del océano de Tu munificencia. Tú eres verdaderamente el Omnipotente, el Más Poderoso.

Bahá’u’lláh

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